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El bloqueo

Por Francisco Pomares

Publicado en El Día




Después de escuchar ayer las intervenciones de los dirigentes de los partidos en el Congreso, uno se queda con la impresión de que nadie escucha a nadie, y Pedro Sánchez no se escucha ni siquiera a sí mismo: es el líder del primer partido del país, logró hacerse con la presidencia del Gobierno sin participar en unas elecciones, fue investido con los votos de Podemos, Esquerra, Junts per Catalunya y Bildu, intentó gobernar con el apoyo de todos esos partidos, y ahora realiza un discurso en el que pareciera que ni los necesita ni los quiere de socios de Gobierno. En realidad, Sánchez necesita y quiere sus votos pero no a ellos en el Gobierno. Ha acudido al Congreso convencido de que cederán antes que arriesgarse a una nueva convocatoria de elecciones, y lo único que espera es que cedan cuanto antes, que no le sometan al escarnio de llegar a una segunda ronda en septiembre, mientras él escucha de la nación solo el aplauso de quienes le palmean en cerrada ovación, los mismos que hace apenas dos años le obligaron a dejar la secretaría general del PSOE.

 

La política partidaria es voluble y cambiante, los líderes suben y bajan en el aprecio militante y ciudadano, pero lo que no suele ocurrir es que la gente de izquierdas se vuelva de derechas y la de derechas de izquierdas. La desgracia del bipartidismo no ha cambiado realmente las cosas: la mitad del país sigue siendo de derechas, mientras la otra mitad es de izquierdas. Durante un tiempo, se pensó que el experimento de Ciudadanos permitiría construir una opción política moderada, capaz de sostener gobiernos moderados de centro izquierda o centro derecha, y que eso evitaría el frentismo, los bloques y la polarización que hoy definen la política española. La radicalización del conflicto en Cataluña, y el papel central desarrollado por el partido de Albert Rivera en oposición al independentismo, alimentó las expectativas de Ciudadanos de convertirse en primera fuerza de la derecha española, y de hacer que Rivera pudiera llegar a la presidencia del Gobierno. Fue solo un espejismo, pero provocó un viraje hacia el conservadurismo que ha vuelto a colocar a los bloques de izquierda y derecha en este país en una situación de virtual empate, que solo pueden resolver los nacionalistas e independentistas.

 

Si se convocan elecciones, es posible que el PSOE logre crecer un puñado de diputados a costa de Podemos, pero es poco probable que la izquierda sume una mayoría suficiente para gobernar sin la complicidad de los independentistas. Y en cuanto a la derecha, la duda es cuánto tiempo tardarán en entender que su división en tres partidos seguirá colocando al mayor de ellos muy por debajo del PSOE, aunque en votos se repita una situación de empate entre bloques.

 

Frente a una visión política como la de Sánchez, basada en exigir a los demás el mismo comportamiento que él se negó a tener -el apoyo sin contrapartidas de Podemos, y la abstención de la derecha que facilitaría su investidura- el único desatasco posible para la política española pasa por la recuperación del espacio moderado. Parece incomprensible que el desprecio entre Sánchez y Rivera -que llegaron a ponerse de acuerdo para gobernar no hace tanto- siga alimentando una crisis de legitimidad y funcionamiento de la democracia española que ya dura cinco años. Y que va a continuar. Porque ser investido no es lo mismo que poder gobernar. Sánchez debería ya saberlo.