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¿Hasta el infinito y más allá?

 

Myriam Ybot

 

Dijo recientemente la presidenta de la Federación Turística de Lanzarote, Susana Pérez, que llegados a cifras de ocupación del 90% en agosto, “...todavía caben más”. Y sin que mediara un instante, me vino a la cabeza la imagen de una granja avícola con sus miles de gallinas hacinadas y enfiladas poniendo huevos… ¿de oro?

 

El paralelismo pecuario no es nuevo. El padre de la demografía moderna, Thomas Malthus, ya utilizó el ejemplo del ganado paciendo en un pasto de limitadas dimensiones para definir la capacidad de carga de un territorio. Cuántas vacas pueden alimentarse simultáneamente sin arrasar para siempre el prado que las sustenta.

 

Ocupación y capacidad de carga son conceptos que se relacionan y enfrentan en los destinos turísticos. El primer factor depende exclusivamente de la posibilidad financiera y empresarial de construir alojamientos turísticos, de ofrecer “camas”. Mientras haya suelo, una ley permisiva y un beneficio económico, el chicle podrá seguir estirándose.

 

En el otro lado del ring, la capacidad de carga, el neón de alarma que indica que el pasto se acaba, que no hay alpiste para más gallinas, que hay que poner el territorio en barbecho una buena temporada.

 

Aunque la patronal que representa al sector turístico no quiera verlo, en Lanzarote hay una larga trayectoria de pensamiento en torno al daño social, económico y ambiental de un crecimiento ilimitado. En el año 2002, el redactor del primer Plan Insular de Ordenación, Fernando Prats, advertía en un informe de posición de la isla ante la redacción de las Directrices regionales de Canarias que Lanzarote tenía su capacidad de carga agotada. Y hace unos meses volvimos a escucharlo durante el curso sobre el Antropoceno que él mismo dirigió por encargo de la Fundación César Manrique.

 

El anterior Gobierno de Canarias, poco sospechoso de veleidades “ecologetas”, promovió un informe de estudios previos sobre capacidad de carga en las islas en el que su autor, el urbanista Juan Palop, insistía en la importancia de no confundir esta variable con el aforo y el conteo de turistas. Y aunque el texto pasa de puntillas ante la opción de decrecimiento e insiste en la “reorganización” o “mejor gestión” del turismo como vía para alcanzar los objetivos de la sostenibilidad, no deja de apuntar a indicadores relacionados con el consumo de recursos naturales, empleo, bienestar social o protección del patrimonio ambiental y cultural, para definir las fronteras del negocio turístico.

 

Que los límites son necesarios parece que ya no es un asunto de debate más que para entidades ancladas en posiciones propias del desarrollismo de mitad del siglo pasado. Es convicción generalizada que las comunidades con empleo digno, estable y suficiente, con inversiones públicas adecuadas y que preserven sus recursos a futuro son la base del turismo de calidad al que todos aspiramos.

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